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Lo más importante es la dignidad de las personas

Gracia Millán Cabezas

Gracia Millán Cabezas nació en 1919 en Llerena (Badajoz) y comenzó a trabajar muy joven como auxiliar administrativo en el ayuntamiento de su pueblo. Allí estuvo diez años y al nacer el segundo de sus siete hijos dejó el trabajo y se dedicó de lleno a la familia.

Cuando sus hijos eran pequeños se fueron a vivir a Madrid por razones laborales de su esposo y después de más de treinta años volvió a su pueblo natal en Extremadura. Pero además de las obligaciones familiares, toda su vida ha estado orientada hacia los demás. 

Es una mujer que impresiona por su sencillez y por su claridad de ideas respecto a una solidaridad que ha ejercido incansablemente mientras las fuerzas le han acompañado. Su voz es cálida, aterciopelada. Mientras habla, reflexiona. Es una persona de no muchas palabras pero lo que dice apunta a la diana del corazón. Durante los últimos años ha estado vinculada al voluntariado de CONFEMAC y su labor principal consistía en visitar enfermos en domicilios y en el hospital comarcal de Llerena. En el Encuentro Anual de Voluntariado del año 2009 recibió un sencillo homenaje como la voluntaria más mayor de la entidad en Extremadura.

Le preguntamos cuándo comenzó a hacer algo por los demás y contesta con humor que toda la vida ha tenido “clientes” que necesitaban ayuda. “Y si no me los buscaba”. Nos cuenta una anécdota de hace casi ochenta años, mientras trabajaba en el Ayuntamiento donde, aunque no era su responsabilidad, a cada instante se le presentaban situaciones y personas que necesitaban ayuda y si ella podía hacer algo, allí estaba. En esta ocasión, antes aún de estar casada, hizo un favor a alguien y al parecer esta acción fue de gran importancia para dicha persona de forma que a los pocos días le dejó un saco de patatas en la puerta de su casa, ante la sorpresa de su madre que, incrédula, no paraba de preguntarle a qué se debía aquello –nos cuenta entre risas-. 

Su acción en Madrid la realizó principalmente en la parroquia Santa María Micaela, del barrio de Estrecho, donde vivía hace ya más de cincuenta años. Allí montó con una amiga un ropero solidario. Vieron que había personas con muchas necesidades y se lo propusieron el párroco pero éste no lo vio al principio con muy buenos ojos. “Vamos, que nos dijo que no. Pero nosotras nos fuimos al que estaba por encima de él y al final salió adelante…”. Allí “recogíamos todo tipo de ropa, tanto de particulares como de tiendas. Muchas veces de comercios de lujo. Y la revisábamos, si hacía falta se lavaba y se repasaba, se clasificaba por tallas, y se quedaba lista para entregar a inmigrantes, transeúntes, personas sin hogar, familias que pasaban por malos momentos y necesitaban ayuda, especialmente ropa para niños…”

Tras su vuelta a Llerena siguió colaborando con este ropero enviando de vez en cuando la ropa que recogía en su pueblo. En esta obra social dejó una huella importante que aún es recordada.

Por otra parte, siempre ha estado vinculada con la labor desarrollada por misioneros en países empobrecidos. Para estos países también ha preparado muchos envíos de ropa y de jabón, porque otra de las actividades solidarias de Gracia ha sido la elaboración de jabón. “Me daban aceites usados y cuando tenía suficiente hacía una partida de jabón, lo preparaba y lo mandaba. Otras veces mandaba también calzado, libros, medicinas, material escolar como cuadernos o lápices. Esto no era barato, pero lo hacíamos con la colaboración del dueño de la agencia a través de la que se enviaba que, sabiendo para lo que era, no cobraba el porte. Lo mandaban a Huelva y desde allí ya lo enviaban principalmente a África”.

En no pocas ocasiones la gente le decía que “era tonta” haciendo todo eso, pero “yo seguía adelante y además creo que a lo largo de mi vida he arrastrado también a alguna que otra persona en esta tarea”, añade con convencimiento.

La reciente pérdida de uno de sus hijos tras una larga enfermedad en la que ella fue cuidadora principal, no le ha impedido seguir activa en acciones de voluntariado. Su conversación denota ternura y sus palabras y gestos expresan la insatisfacción que siente por no poder hacer todo lo que antes hacía. “El cuerpo ya no me acompaña…” dice, mientras inclina la cabeza hacia un lado con evidente gesto de contrariedad, como quien se resiste a tirar la toalla de la solidaridad y del compromiso que ha sido la bandera que ha marcado el norte de su existencia. Últimamente y ya con 95 años, la autonomía comienza a dar paso a la dependencia y por eso va diariamente a una Unidad de Estancias Diurnas. 

“Yo antes visitaba y ahora soy visitada” dice, con una sonrisa serena. Pero allí sigue pendiente de facilitar la vida a todo el mundo. Nos cuenta su hijo Antonio que unos días atrás cuando pasó a recogerla le dijo: “quita esos dos vasos de ahí y ponlos allí en el carro…” para facilitarle el trabajo al personal del centro. Antonio resume la vida de Gracia, como “una persona de acción, alegre, a la que nunca le ha oído hablar mal de nadie y que siempre ha estado pendiente de lo que podía hacer por los demás, como algo totalmente natural…” aunque fueran detalles tan cotidianos como el que nos acaba de contar. Añade que, cuando su madre veía personas hablando de las injusticias o de lo que debería ser de otra forma, siempre tenía la misma expresión: “lo que hay que hacer es trabajar por cambiar eso”. Dice que uno de los mensajes que su madre les ha transmitido, sin decirlo expresamente, solamente con su forma de actuar, se puede resumir en una palabra: “moveros”.

Finalmente preguntamos a Gracia el porqué de su actitud de disponibilidad y servicio solidario, contestando con rapidez y rotundidad: “no se puede evitar el impulso de hacer algo por los demás… lo más importante son las personas y la dignidad de las personas” 

 

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