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Vicente Pérez Cano

Introducción

 

 

          Pensar que la jubilación puede ser la etapa de la vida en la que las personas, en una sociedad como la nuestra, están en el mejor momento para alcanzar la plenitud vital que significa el sentirse realizado personalmente, puede parecer una osadía. Y lo entendemos, porque es un planteamiento en contracorriente, diametralmente distinto a la propuesta predominante en la sociedad de considerar la juventud como el momento más álgido del ciclo vital. Intentaremos, por tanto, aportar razones que al menos nos hagan ver las cosas de otra forma.

 

 

          Es cierto que entre los veinte y los treinta o treinta y cinco años el sujeto se encuentra en las condiciones óptimas de su desarrollo físico. Pero es ahí donde está el error, en considerar al ser humano sólo desde esa dimensión, ignorando otros aspectos fundamentales como son los componentes cognitivos, sociales, económicos, afectivos… Pero, tiempo al tiempo, adentrémonos en el tema considerando estas cuestiones.

 

          El aumento de la esperanza de vida, por un lado, y las jubilaciones anticipadas, por otro, han hecho que al llegar al momento de la jubilación, se tenga por delante en torno a 25 ó 30 años, un tercio de la vida, un período suficientemente largo como para dedicarse a no hacer nada, como para pensar que ya está todo hecho o que ya solo hay lugar para la retirada. Todo lo contrario, al llegar a la jubilación, se abre una gran oportunidad para recuperar ilusiones, proyectos y deseos no satisfechos en la infancia o en la juventud.

 

           Autores como el profesor Yuste Rossell entienden que, de cara a la vejez, "la intervención (psicológica) ha de tender a mitigar comportamientos deficientes y anómalos; pero aún más a incentivar, dignificar, y acrecentar otras pautas de conducta, que dignifiquen y enriquezcan, a su vez, al propio individuo". Por eso, desde la perspectiva que da el paso de los años, y aunque en otros momentos de la vida también sea útil mirar hacia atrás para replantear el futuro, la proximidad de la jubilación es un momento especialmente indicado para integrar el pasado y proyectarse hacia el futuro en la construcción de la propia plenitud personal. Como dice también Yuste Rossell, "una de las tareas más importantes de la vejez... consiste en aceptar la propia vida pasada". Y, nosotros añadimos, integrarla en el momento presente para, una vez renovados, impulsarnos a vislumbrar el mar de oportunidades que la vida nos pone por delante en la, cada vez más larga, etapa de la jubilación.

 

Los jubilados del pasado y los del presente

 

          En un pasado todavía cercano, no hace más de veinticinco años, la dura historia laboral de los jubilados de entonces y la falta de medios sanitarios, convertían la jubilación en el principio del fin. Al llegar a esa edad con las fuerzas agotadas, las enfermedades hacían una mella creciente y las personas estaban tan al límite de sus posibilidades que quien llegaba al fin de la etapa laboral lo hacía con las fuerzas agotadas, por ello la esperanza de vida era tan inferior a la actual y por los mismos motivos, el jubilado era considerado como alguien ya acabado.

 

          En cambio, las condiciones de trabajo de las últimas décadas son mucho menos agresivas que las de épocas anteriores, por ello cada vez se llega a la jubilación en mejores condiciones. Por otra parte, los avances científicos son capaces de mantener la salud en niveles muy aceptables y las condiciones de vida, en general, también contribuyen a una mejora evidente. Si además consideramos el impacto que significan las jubilaciones anticipadas que adelantan el fin de la etapa laboral hasta los cincuenta y pocos años, cuando la esperanza media de vida sobrepasa ya los 80 años, nos daremos cuenta de la magnitud de este cambio.

 

           Por todo ello podemos decir hoy que al fin de la etapa laboral hay un amplio horizonte por descubrir. La jubilación ha pasado de ser concebida como una etapa corta y de inactividad (por imposibilidad física), a ser una etapa de la vida cada vez más larga y a entenderse como una oportunidad en la que la actividad no sólo es posible, sino recomendable. Antes no era posible preguntarse qué hacer tras la jubilación, porque la esperanza de vida era muy corta pero afortunadamente las cosas han cambiado tanto que la jubilación hoy se ha convertido en una nueva ocasión que nos presenta la vida para abrir nuevas puertas a la realización personal.

 

             También ha cambiado y sigue cambiando el perfil del jubilado. La idea del jubilado sin más actividad que acudir diariamente al Hogar del Pensionista a matar el tiempo jugando al dominó, aunque sigue siendo una idea muy extendida para muchos ciudadanos cada vez tiene menos fuerza. Muchos sabemos que eso es un estereotipo, es decir, una imagen falsa acerca de los jubilados. En primer lugar, porque los que acuden al Hogar, son minoría en el cómputo total de los jubilados. Y en segundo lugar, porque en los últimos diez o quince años, hemos asistido a un incremento notable de alternativas en la forma de ocupar el tiempo libre, siendo los viajes una de las posibilidades más conocidas. Y junto a los viajes, otras muchas opciones que han convertido al clásico Hogar del Pensionista en una posibilidad cada vez menos elegida por los nuevos jubilados varones y siempre ignorada por las mujeres jubiladas, especialmente en las zonas rurales.

 

           Por otra parte, y teniendo en cuenta la teoría de Maslow, que explica la dinámica de las necesidades humanas como una especie de escalera en la que no se experimentará una necesidad de orden superior hasta que no se vean cubiertas las que le preceden, podemos explicar que, habiendo pasado ya a la historia la realidad del anciano preocupado en obtener los medios básicos para subsistir, es decir, teniendo cubiertas las necesidades de supervivencia, seguridad, relaciones sociales, y de estima, le quedarían por satisfacer las necesidades de autorrealización. Pues bien, según la teoría de Maslow, parece razonable esperar que los jubilados de hoy, en contraste con los del pasado, una vez cubiertas las necesidades de orden inferior, puedan desarrollar su motivación hacia ocupaciones que les aporten cotas razonables de plenitud y satisfacción.

 

Jubilación, liberación

 

           Cuando se llega a la jubilación, normalmente, se han dejado atrás responsabilidades y compromisos que nos hicieron llevar un ritmo ciertamente acelerado, llegando a convertirse a veces en una vida con importantes grados de estrés y agobio. Para explicarlo mejor, centrémonos aunque sea sólo en los tres aspectos siguientes.

 

             * Trabajo: una de las primeras pruebas del adulto es conseguir el trabajo que le permita vivir. Pero lo que al principio es una ilusión, y sin dejar de reconocer lo positivo, como medio de vida e incluso como fuente de realización personal, las relaciones laborales también suelen llevar aparejados elementos negativos: desde las mismas circunstancias naturales adversas, provocadas por la propia dinámica productiva, hasta los roces con compañeros de trabajo, conflictos con los jefes… circunstancias que a muchas personas les haría maldecir el trabajo si no fuera porque económicamente dependen de él. Pensemos sólo a modo de ejemplo las veces que hemos oído eso de "voy a echar la primitiva, que como me toque, lo primero que voy a hacer es decir adiós al jefe".

 

           * Familia: la familia es la mayor fuente de apoyo para el ser humano, en todos los sentidos. Por tanto no nos referimos a sentirse liberados de la familia en un sentido como se ha podido entender al hablar de los aspectos negativos del trabajo. Aquí nos referimos más bien al conjunto de responsabilidades que adquieren los progenitores respecto a sus hijos: desde que nacen, es natural que los hijos nos reclaman atenciones, preocupaciones, sacrificios, renuncias, a veces disgustos, propios de su proceso de crecimiento, aprendizaje, socialización… Las preocupaciones no desaparecen nunca porque les queremos y nos harán sentir felices cuando les vaya bien y preocupados cuando les vaya mal en la vida. Pero esa preocupación es muy distinta cuando dependen en todo de nosotros y cuando ya son independientes o están a punto de serlo. Todos esos elementos propios de la edad laboral provocan también muchos de los roces que ensombrecen la relación de pareja, otro factor en el los condicionantes del llamado "síndrome del nido vacío" puede ser aprovechados como oportunidad para un relanzamiento de las relaciones de pareja ya curtidas en una amplio período de la vida.

 

           * Deudas: en las edades próximas a la jubilación se suele haber alcanzado la estabilidad económica: las deudas importantes suelen estar liquidadas, y si existen suelen corresponder a inversiones permitidas por el ahorro familiar, es decir, se deben a crecimiento del patrimonio o mejora de las condiciones de vida, pero no son comparables a la preocupación de vivir los apuros de llegar a fin de mes con estrecheces.

 

           Ahora, tras la jubilación, esas cuestiones ya suelen estar resueltas, las ocupaciones no suelen tener carácter de obligación ni de medio para vivir ni nada que se le parezca. Es una etapa en la que uno puede sentirse liberado, como hace poco decía un jubilado: "en mi situación actual, no tengo que poner buena cara a ningún jefe, ni aguantar las impertinencias de ningún cliente, mis hijos ya son autónomos, están hipotecados de por vida con el banco, pero yo no debo nada. No soy rico, pero no debo nada. Ahora estamos mi compañera y yo, de nuevo solos, tenemos los mismos achaques que hace quince años, pero a ninguno nos impide hacer una vida normal y, afortunadamente, tengo lo suficiente para vivir, ilusión por levantarme cada día y proyectos personales por realizar". ¿Puedo pedir algo más?".

 

             Pero hay otros dos factores importantísimos de los que se dispone a estas alturas de la vida: uno es la salud, suficientemente analizado en las páginas anteriores. El otro, la experiencia. Hace años, en un estudio con personas ya de edades avanzadas –acogidas en varias residencias- les preguntábamos: "si fuera posible, ¿qué edad le gustaría a usted tener ahora?". Muchos dijeron que preferían tener la real de ese momento, que no le encontraban sentido a volver hacia atrás. Pero bastantes dijeron también que les gustaría tener "ahora" treinta, cuarenta o cincuenta años. Sin embargo todos los que aceptaban la invitación de imaginar una vuelta atrás, añadían de inmediato y sin que nadie les preguntara: "pero, eso sí, con la experiencia que tengo ahora". Ahí queda eso.

 

            Junto con esa liberación que hemos concentrado en torno al trabajo, familia y deudas, la experiencia puede ser el factor decisivo que aporte equilibrio, serenidad, sentido común… y, en definitiva, las claves que ayuden a orientar la jubilación de una forma acorde con la autorrealización personal adecuada al proyecto vital de cada sujeto.

 

             Pues bien, en la jubilación es bastante común tener lo suficiente para vivir con más o menos holgura, pero con la tranquilidad de que no falta lo necesario. Y es en ese contexto en el que es posible plantearse el hacer cosas no por obligación, sino por gusto, no por negocio sino por ocio. Es el momento de replantear las relaciones sociales con los amigos, de hacer nuevas amistades. Es el momento para "llenarse" de conocimientos nuevos, de mayor o menor utilidad. O, incluso, de ninguna utilidad, como decía un jubilado ante la insistencia de sus hijos: "Papá, tú ¿que necesidad tienes de ponerte ahora a estudiar paleontología si eso no te va a servir para nada?" A lo que el padre contestó con tanta convicción como energía: "por eso mismo, hijo, porque no sirve para nada. Me he llevado toda la vida haciendo cosas por obligación, o porque servían para algo necesario. Pero ya ha llegado el momento de hacer las cosas por gusto, y no porque sean útiles para algo".

 

             Llegados a este punto, podríamos plantearnos de nuevo aquello de la "jubilación, como momento para la plenitud personal" con la que la comenzábamos. Es muy posible que ahora tengamos elementos para una reflexión que nos permita ver las cosas –la jubilación- de una forma más positiva, con las oportunidades que realmente tiene.

 

Jubilación y crisis

 

              A pesar de todo, hay personas –especialmente los hombres- que se pasan años, a veces casi toda su vida laboral, añorando y deseando la jubilación, porque piensan que puede significar la liberación de las responsabilidades y preocupaciones, que ya hemos visto más arriba, pero cuando les llega el momento se ven envueltos en un torbellino de sentimientos, frustraciones e inseguridades, de forma que lo que se esperaba como una liberación se convierte en una depresión o, cuanto menos en una crisis vital que, más allá del recién jubilado, afecta también a su pareja y a toda la familia.

 

            Muchos afrontan el momento de la jubilación con sentimientos de inutilidad, y de cierta marginación al sentirse retirados de la vida laboral. Otros, aunque la hayan deseado, al verla llegar se preguntan: "y ahora ¿qué hacer con tanto tiempo libre? Y surgen sentimientos de inquietud, cuando no de ansiedad. Los hay que han apostado tanto por el trabajo como forma de realización personal –o como escape a otras dimensiones de la vida- que cuando la sociedad les retira y les pasa a la condición de jubilados viven un vacío cargado de sentimientos negativos.

 

               Se trata, en definitiva, de una crisis más de la vida que, como las anteriores, puede tener efectos ambivalentes: puede servir para madurar o para salir empobrecidos, para redescubrir el sentido de la vida o para perder el norte de la propia existencia, para renovar ilusiones y ganas de vivir o para hundirse en la depresión, para crecer como personas o para asomarse al principio de una decrepitud tan prematura como injusta.

 

               Una amenaza real en la salida de esta crisis es el riesgo de la inactividad, una tentación que hay que superar, como afirma la doctora Rubio Herrera cuando dice que "la sociedad, a través de sus distintas instituciones, y los individuos en particular a través de una adecuada motivación, tienen en sus manos la posible potenciación del tiempo de ocio, para evitar, que las personas después de la jubilación, o las madres una vez que han terminado sus funciones de crianza, etc., se conviertan en seres que sólo subsistan y vegetan en la inactividad".

 

                En un intento de superar la realidad ambivalente que supone toda crisis, apostamos por superarla en un sentido positivo, al considerar que tras la jubilación, hay un horizonte más amplio por descubrir. Un auténtico "mar de posibilidades" para la realización personal.

 

Seguir creciendo personalmente

                "Jamás te acostarás sin saber una cosa más", dice el refranero. Y no le falta razón, porque nunca dejamos de aprender, estamos aprendiendo a vivir, hasta la misma muerte o, por lo menos, mientras nuestro cerebro sigue manteniendo la capacidad de gobernarnos a nosotros mismos. Y aprender en la vida, o mejor, aprender de la vida, es renovarse y seguir creciendo como persona hacia una autorrealización –plenitud- personal siempre mejorable y siempre inacabada.

 

                 A pesar de los estereotipos, es posible ir cambiando el concepto, todavía presente en la sociedad, del jubilado como ser improductivo, pasivo, retirado por obsolescencia, y como una carga económica o asistencial para la sociedad, hacia otra imagen, mucho más real del jubilado que, cumplida la etapa de productividad laboral, sigue siendo productivo en la familia, en la sociedad y en el Estado. En este sentido las mujeres mayores presentan un perfil mucho más creativo porque son capaces de abrir nuevos caminos ajenos a las expectativas masculinas.

 

                  Ejemplos por todos conocidos son los jubilados acompañando a sus nietos al colegio o la guardería; u ocupándose de otras actividades de apoyo a la familia; aprendiendo manualidades que dan rienda suelta a aspiraciones, aplazadas durante años, y ayudan a dar sentido a lo cotidiano; e incluso abriendo nuevos caminos, insospechados hasta ahora, como haciendo uso de las nuevas tecnologías de la informática; sin olvidarnos de la importante participación de los mayores en la solidaridad organizada, pues llegan a ser el 90 % de lo voluntarios –casi todas mujeres- de algunas Organizaciones No Gubernamentales. No se trata sólo de pensar en los otros. Está comprobado que todo aquello que hacemos en beneficio de los demás sin esperar nada a cambio, nos aporta una profunda satisfacción que no buscábamos al llegar al voluntariado, pero que surge espontáneamente como recompensa de aquello que se da gratis desde las más nobles y sanas intenciones. Todas ellas son formas positivas de afrontar sanamente –creciendo- la, cada vez más larga etapa de la jubilación. Pero hay más.

 

                 Las generaciones que acceden en este momento a la jubilación, aunque han tenido más oportunidades de formación que las generaciones que les han precedido, tampoco han tenido demasiadas posibilidades para adquirir unos conocimientos básicos, ni pudieron disfrutar de las opciones formativas disponibles hoy para los más jóvenes y este puede ser un momento ideal para recuperar tiempos perdidos.

 

                 Una de las mayores posibilidades para los jubilados de hoy es la formación que, más que un recurso, es una fuente de recursos para el crecimiento y desarrollo personal. Los Centros de Educación de Adultos – (más del 50 % del alumnado rural son mujeres mayores)-, las ofertas de la Universidad para los mayores… son oportunidades muy valoradas por el creciente número de participantes en esas opciones formativas. Otra realidad de prometedores resultados es la facilidad con que están superando los comprensibles reparos para utilizar la informática y como el uso de la red materializa ese efecto difusor de posibilidades.

 

Conclusión

 

                Para finalizar, decir que la vejez de hoy no es ya algo unívoco o uniforme, ni tiene por qué ser un motivo de tristeza, sino que es una etapa cada vez más amplia y diversa que puede convertirse en una oportunidad para alcanzar la plenitud vital que a todo ser humano le gustaría disfrutar. La necesidad está ahí, y la realidad no para de desvelarnos oteadores que atisban nuevos caminos de realización personal para los jubilados y jubiladas, nuevas formas de vivir que nos proponen modelos de una jubilación saludable y productiva, tanto personal como social, una jubilación sin estrés pero útil, activa pero no agotadora, relajada y llena.

 

                 No cabe duda que la jubilación del presente y del futuro es mucho más heterogénea, así lo recoge la catedrática de Gerontología Social, Rubio Herrera, quien afirma que los "programas culturales y de ocio deben ser lo suficientemente amplios como para poder ofrecer un amplio abanico que permita contemplar la enorme variabilidad interindividual provocada por los intereses de las distintas cohortes, las diferencias de sexos, los distintos estatus socioeconómicos, profesionales, la propia biografía de cada sujeto, etc."

 

                 Oportunidades no faltan. La cuestión está en saber utilizarlas, adaptándolas a las expectativas y motivaciones personales de cada sujeto para construir su propia jubilación, una jubilación a la carta, una jubilación plena de sentido.

 

Bibliografía

 

- LÓPEZ ARANGUREN, J. L. (1992). La vejez como autorrealización personal y social. INSERSO. Madrid.

- RUBIO HERRERA, R.; VILLAVERDE GUTIERREZ, C; CASTELLON SANCHEZ, A; y MENDOZA OLGRAS C. (1997): "Niveles de adaptación con éxito en las personas mayores" en Temas de Gerontología, II. Máster de Gerontología Social. Universidad de Granada. Págs.177-202.

- SUBIRATS, J. (1990). La vejez como oportunidad. INSERSO. Madrid.

- YUSTE ROSSELL, N. (1996): "La educación de adultos como intervención", en Temas de Gerontología I. Máster de Gerontología Social. Universidad de Granada. 1996. 

- VOLI, F.: "Vida plena después de los 60" en revista del IMSERSO "60 y más. Núm. 247. Marzo 2006.